Para
mucha gente, sobre todo el ciudadano
común, esa discusión acerca del aborto se divide en dos
perspectivas. Por una lado tenemos la opinión de quienes están
rotundamente en contra de siquiera pensar el asunto. En esta línea
por lo general podemos encontrar a los obispos católicos, a ciertos
pastores evangélicos, a los parlamentarios de ceño fruncido con
discurso consternado, y tampoco faltan periodistas metidos a opinar
de lo que no tienen idea. Por el otro lado tenemos a los que están a
favor, entre los cuales podemos contar con el grupo feminista local,
los políticos auto-proclamados progresistas, organizaciones médicas
atadas a sus estadísticas, intelectuales comedidos y los mismos
periodistas opinando de lo que no tienen idea.
De
ambos lados tenemos que soportar a gente obtusa y recalcitrante que
no ayudan en lo más mínimo a entender de qué se trata el problema.
Unos dicen que NO porque NO y los otros dicen que SÍ porque SÍ. Es
típico sacar el tema del pecado y que Dios no quiere la muerte de un
inocente, que se trata de un asesinato y que sólo las mentes
subnormales pensarían en abortar. Mientras en la otra orilla nos
asaltan con la historia de que es un derecho de toda mujer hacerlo y
punto, que la vida no es vida hasta el momento en que se ha parido,
que es mi cuerpo y hago con él lo que se me da la gana... en fin.
Entonces es absolutamente normal que cualquiera, con un poquito de
independencia en el pensamiento, encuentre que hay algo mal en el
planteamiento de ambos lados.
En
primer lugar ¿quién le dio a la Iglesia, sin importar su
denominación, la potestad de juzgar a la gente y decirle lo que está
bien y lo que está mal? A lo sumo puede sugerir a sus fieles ser
consecuentes con determinada interpretación de sus preceptos
religiosos. La Iglesia, le guste o no, no es la que legisla la vida
de nadie después de la aparición del derecho. Asimismo, quienes
defienden los planteamientos a favor de la despenalización, por lo
general con tono guerrillero, enarbolan el discurso del individuo y
la libertad del mismo frente a una sociedad machista y patriarcal.
Sin embargo, el individuo no vive fuera de la sociedad, ni sus actos
están libres de repercusiones en función al bienestar de la
convivencia. Y ahora ¿qué? ¿Cuál debería ser nuestra posición
en torno a esto?
Para
ser francos hay temas mucho más importantes y de mayor relevancia
que los fetos en las barrigas de las mujeres. Antes de preocuparnos
de los nonatos, debemos ordenar la sociedad para que todas las
personas gocen plenamente sus derechos. Es decir, se trata de
resolver temas que cambiarían nuestra opinión acerca de todo, si
cada ciudadano del país viviese en un Estado con justicia social.
Cuando la educación haya llegado a todos niños, niñas y jóvenes
sin excepción, el momento en que la repartición de la riqueza haya
garantizado el bienestar de todos los miembros de la comunidad, el
día en que las condiciones de vida permitan el desarrollo integral
de las personas a lo largo de todo su ciclo vital; en ese preciso
instante cualquier debate acerca del aborto será intrascendente y
anodino. Mientras tanto es un hecho que por culpa de los abortos mal
practicados son miles de mujeres las que mueren. Eso no va cambiar
porque el obispo, la feminista o el legislador digan que aquello está
bien o está mal. Nadie recurre al aborto por placer o capricho,
siempre hay razones de peso que no escuchamos.