
Es tan poderosa nuestra imaginación
y tan conmovedora nuestra ilusión. Trabajamos el día a día con el
mañana manifiesto y los sueños encarnados. Sin embargo es tan
complicado no escapar a lo que parece evidente y darle contenido,
ponerle un nombre. Seguramente todo sería mucho más sencillo si no
fuese pronunciable y nos relacionáramos con el mundo, con el todo y
el otro, con la pura y absoluta inocencia. Eso que llamamos realidad
es de cierta manera su más perfecta oposición cuando nuestra
irredenta necesidad de nombramiento la llama. De cualquier manera hay
que pronunciarse y nos aventuramos a la tarea.
Sabemos que por la Teológica nos
acercamos a todo ese simpático encuentro entre el hombre y sus
creencias. Pero es todavía una muy incompleta manera de decir Dios y
decir Hombre para abrazarlos cariñosamente. No obstante, todas las
palabras vienen transpiradas por la piedra y la carne, y es así como
podemos comprender. Por eso es absolutamente innegociable que para
decir algo haya que hacerlo desde la vida misma. Como el maestro
Sábato decía: “Yo creo que la verdad es perfecta para las
matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la
vida la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan
más”.

Para quienes somos cristianos, hemos
encontrado en Jesucristo la referencia, los motivos y pretextos. En
su humanidad comprendimos la auténtica realidad de la nuestra, en
sus obras nos fueron presentadas las tareas y con su muerte
desmantelamos el vacío y la agonía. Vivimos proclamando la
esperanza, porque creemos que vale la pena una vida bien vivida y
ante todo confiamos en un futuro más feliz. Miramos el horizonte a
la espera del triunfo de la solidaridad y el reencuentro amoroso
entre la diferencia.
Es algo parecido a la “muerte por
el tacto”, como canta el poeta. Nos desvestimos, para así con toda
la piel transitar el mundo, conocerlo; arrebatarse de ternura por
tener sobre uno todo el calor y todo el frío del mundo. Morirse con
la muerte de todos y aprehender de sus hálitos el lenguaje de lo
verdadero. Asimismo nos hacemos palpables, la carne erizada soporta
un nuevo ropaje que permea cuanta humedad la inunda. Seremos pan,
seremos mesa, seremos vino de una fiesta donde los vivos tengan
auténticas ganas de morir. Morir tocando, morir andando; porque el
camino sólo ha sido posible gracias a miles de pies desnudos. En su
huella transitamos queriendo siempre pronunciar las vocales de la
vida.